¿Para qué medito?

Medito para darme cuenta de dónde estoy y cómo estoy. Y en ese silencio es donde me doy cuenta de cómo mi manera de pensar, sentir y actuar ha condicionado mi vida, o estaría, mejor decir, cómo la manera de pensar, sentir y actuar de los demás han condicionado mi vida. En este punto empiezas a sentir que ya no sabes quién eres y te preguntas “si esa versión que representas cada día es en verdad tu verdadera identidad, si en verdad eres quien crees que eres”.

 De esto no nos damos cuenta porque vivimos inmersos por una parte en el mundo de las prisas, de los quehaceres, de la acción y por otra parte en el mundo de la tecnología, de las redes sociales, de los entretenimientos visuales que nos hacen perder la noción del tiempo y de la realidad, y no nos queda tiempo para pararnos con nosotros, ponernos frente a frente y preguntarnos ¿estoy viviendo la vida que quiero vivir?, ¿Qué vida es la que estoy viviendo?, ¿es esto lo que realmente quiero para mí? 




Medito para aquietar mi mente, para acallarla, para que me permita en el silencio poder escuchar el llamado de mi alma, ese llamado que me conecta con mi propósito, con mi vocación, con la alegría de vivir una vida completa, aunque no sea fácil y haya obstáculos en el camino, pero que sea una vida con propósito, con una dirección más elevada.
 
Medito para que cuando llegue el día de mi muerte, pueda decir, he vivido la vida que quería vivir, en completa coherencia con mi manera de pesar y mi forma de actuar, con una mente y un corazón alineados para un bien mucho mayor.

Medito para perdonarme por los errores cometidos en el pasado, presente y futuro. Para perdonarme por el daño que he causado a otros seres, y también perdonar a los que me han infringido daños.
 
Medito para encontrar la paz, esa paz verdadera y duradera, esa paz que emerge de cada célula de mi cuerpo y que irradia paz a todo su alrededor.

 Medito para ser amor, amor incondicional, amor no dependiente, amor libre, sin libertinaje, amor de Dios.

 Medito para ser YO, un yo sin caretas, sin máscaras, libre de prejuicios, de creencias, siendo como esa niña pequeña, inocente, que conserva su esencia pura, salvaje y alegre, sin condicionamientos. 

Por eso medito y mucho más….

Begoña

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