APRENDE A DECIRLE QUE NO AL MUNDO Y A DECIRTE QUE SÍ A TI.





 Lo primero que respondo cuando alguien me pregunta cómo puede aprender a decir que no es sugerirle que cambie la pregunta por esta otra: «¿Cómo puedo decirme que sí y valorarme positivamente?». Mírate en el espejo y empieza a decir que sí. Entonces te resultará más fácil decir que no a las cosas que no quieres hacer. No te estoy diciendo que seas egoísta: lo que te pido es que hagas lo que quieras hacer para amar al mundo, para colaborar en él. A veces, la gente se sorprende cuando me enfado. Pero yo creo que es saludable decir que no, mostrarse enfadado (y no estoy hablando de resentimiento ni de odio, sino de simple enfado). Si alguien nos pisa, ¿le pedimos disculpas porque nuestro pie ha quedado debajo del suyo, o nos quejamos de que nos está pisando y nos hace daño? El enojo es una defensa de nuestra peculiaridad y nuestra individualidad. En la Biblia se lo llama «justa indignación». Si no te gusta la idea de enojarte, ya ves que no hay nada en contra de indignarse justamente.




 En cierto sentido, decir que no significa defenderse. ¿Quieres que los demás usen y abusen de ti? Si no te sientes una persona valiosa, no tienes autoestima ni te amas, te resultará difícil decir que no. Pero tan pronto como pienses que tanto tú como tu tiempo sois importantes, podrás demostrar tu enojo con quienes pretendan usarte. Y entonces serán ellos quienes se sorprendan: -Vaya, yo pensaba que eras un encanto de persona. Pero ser un encanto de persona no significa ser un felpudo. Y después de enfadarme con alguien o de decirle que no, todavía puedo darle un abrazo. Cuando le digo a alguien que no, eso no significa que no me importe, sino que en ese preciso momento hay algo que me importa más. Esta es mi vida, este es mi tiempo, y quiero usarlo a mi modo.

 Quizá los demás empiecen a entender que el «no» proviene de un lugar diferente; no tiene nada que ver con que yo no los aprecie, sino con el hecho de que me cuido y me aprecio a mí mismo. Cuando la gente pretende manipularte, tienes que hacerte valer. Quizá te parezca más fácil y más seguro enfermar, porque entonces los demás se compadecerán de ti, y tú podrás controlarlos y decirles que no sin sentirte culpable. Yo puedo garantizarte que todavía es más fácil estar muerto. Entonces nadie te fastidiará. Pero, ¡a qué oportunidad habrás renunciado! En vez de recurrir a una enfermedad para sacar partido de ella, hay formas más sanas de lograr nuestros objetivos. El mensaje que transmitimos cuando decimos que no, es: «Estoy viviendo mi vida». No esperes a tus últimos diez minutos para decirlo por primera vez. Si para sobrevivir has tenido que poner las necesidades de otras personas por delante de las tuyas, te costará aprender a decir que no. 

A los dos años, los niños lo dicen continuamente. Pero si el mensaje que recibiste en tu infancia fue que decir que no era destructivo o amenazante, o que negarse a algo era portarse mal y tener malos modales, ahora que eres mayor te resultará difícil hacerlo. Quizá no le gustes a la gente. Pero tienes que borrar esos viejos mensajes parentales, hipnóticos y autoritarios que te van matando. Practica: di que no y ve cómo el mundo no se viene abajo. Incluso es posible que mejore. Cuando aprendas a decir que no, ya no será necesario que la enfermedad lo diga por ti. Puedes cambiar tu manera de responder frente al mundo. Cuando oigas el teléfono o algún otro sonido intermitente, deja que se convierta en una «campana de atención», como lo expresa el monje budista Thich Nhat Hahn en su maravilloso libro Peace in Every Step, donde sugiere que cuando oigamos un sonido de esta clase -la campana de una iglesia, tres timbrazos del teléfono o cualquier otro- respiremos en paz, pensando: «Este sonido me trae de regreso a mi verdadero yo». Entonces el timbre del teléfono nos puede aportar paz y amor, y cuando contestemos, lo haremos desde un lugar diferente. La llamada se convierte en un regalo. Una mujer, que estaba a punto de suicidarse, se levantó para atender al teléfono. La llamada la salvó, porque se dio cuenta de que no tenía que suicidarse; bastaba con que dejara de atender al teléfono. 





Mi madre compartió conmigo una experiencia. Un día, hace muchos años, cuando yo era niño, ella y mi padre llevaron a mi abuela materna al médico. Éste miró a mi madre y le dijo: -Usted parece más enferma que su madre. Venga. La examinó y descubrió que tenía fiebre reumática, e inmediatamente llamó a una ambulancia y la envió al hospital. Mi madre me contó que cuando entró en él en una silla de ruedas, miró a su alrededor y dijo: -Oh, qué alivio. Sí, se estaba matando a fuerza de cuidar a los demás. Tenía cuatro hermanos, y hubiera podido pedir ayuda. Conozco a muchas personas que dicen: «¿Cómo voy a tomarme vacaciones? ¿Qué dirían los vecinos?». Si mi madre se hubiera ido una semana a Florida o simplemente hubiera insistido en que sus hermanas y hermanos también se responsabilizaran de las tareas que ella había asumido, ¿qué habría pasado? La gente habría dicho: «Qué mala hija es, que no ayuda a su madre». O tal vez ella se habría sentido culpable. Es necesario que seamos capaces de decir que no si queremos sobrevivir, y no llegar al punto de que tengan que hospitalizarnos en vez de tomarnos unas vacaciones o de hacer oír nuestra voz.

 Si quieres que tus amigos y tu familia sean más sanos, enséñales a decir que no. ¿Cómo? Pues, muy fácil. Haz una lista de todas las cosas que quieres hacer en tu vida: cortar el césped, ir de compras, pintar la casa... Llama a tus vecinos y familiares y pídeles que lo hagan. El noventa por ciento de ellos te dirán que sí. Después empezarán a llamarte, porque querrán que les compenses por el tiempo que te dedicaron. Cuando te llamen, pregúntales si lo que hicieron por ti lo hicieron por amor. Si te dicen que sí, diles que entonces ya tuvieron su recompensa. Y si te dicen que lo hicieron por obligación, respóndeles: -Entonces, la próxima vez di que no. Te estoy enseñando cómo conservar la salud.

Bernie S. Siegel

Comentarios

Entradas populares